El porvenir de la Jovencita surge como un intento de rebelión, contra uno mismo; un intento de autoproclamar la existencia a partir de las opiniones «libres», sueltas y no invariables que se lancen al aire, esperando que pesen lo suficiente para caer en algún oido curioso. Surge como un ejercicio de expresión, y pretensión; de querer decir lo que uno cree que quiere decir con lo que uno cree que son sus pensamientos por nadie allí impuestos. No dejarse definir por los catálogos de sentimientos y afectos presentes en el medio sino un tratar de definirse con los propios medios. Una restauración de la experiencia. Se pretende elegir; y si no se puede elegir qué creer; elegir cuando menos por qué se cree en eso o cómo es que se cree en aquello. Surge también como un espacio de desarrollo en el cual se espera articular la ignorancia y la lucha contra uno mismo como uno de los principales ignorantes. Espacio de opiniones e historias que se vislumbran como opiniones “críticas” con sustento en libros de drama o de filosofía y en películas de comedia barata, en las pláticas callejeras y en los discursos del centro. Quizá, en el horizonte, las criticas no llevaran las comillas y se podrá hablar de Zizek sin tomarlo solo como un viejito simpático y medio loco. Por último, El porvenir de la Jovencita surge como la base de una revista que pretende abordar la condición actual y articular que las cosas no están tan bien como parece, o que quizá lo estén, pero no está tan bien que se este tan bien. En fin, El porvenir de la Jovencita nace como un primer paso, como un puente hacia algo más.
Helena, besos.